19 julio 2009

Metalógica

¿Y qué si saltaba hasta la ventana, rompía el vidrio sin importar cuánto sonara, atravezaba el pequeño rectángulo de la pequeña buhardilla, apagaba la luz y la besaba largo rato, la besaba con las manos, todo el cuerpo con las manos, hundía los dedos en sus piernas, subía lentamente por su panza suave, siempre tan deliciosa, y jugaba con sus tetas, delicadamente las tocaba con una gracia que enorgullecía a ambos, los hacía sentirse perfectas piezas de un rompecabezas destinadas hasta el infinito a estar unidas, y le sacaba la ropa, la desnudaba lentamente en una ceremoniosa oscura y silenciosa maniobra y cogían, hacían el amor como cansados, como si ya hubiesen cumplido con lo que tenían que cumplir que no era nada, como si todo estuviera hecho y lo que hacen lo hacen solo porque sí (porque hacer el amor es eso, es hacerlo cansado y porque sí, el gran descanso, las vacaciones de una vida de mierda, la vida es una mierda, tener sexo no saben, nadie sabe qué es, pero no es vivir, no es vida, no es lo que la jerga se aburre llamando vida), y al terminar, al estar fundidos uno con el otro cara al techo prendía un cigarrillo, lo dormía en su boca y se dormía él con la ceniza cayéndole en el pelo de ella en el pecho de él?
¿Y qué si lo hacía en vez de quedarse en la lógica contemplación de la buhardilla mal iluminada?

1 comentario:

Lena dijo...

Yo creo que SEXO y HACER EL AMOR son dos cosas completamente distintas que no se implican, puesto que se puede hacer el amor escribiendo una novela o tocando el piano o tomando suavemente la mano de alguien. Y sexo no implica amor. ¡Son cosas difíciles de discernir! Difícil como se me hizo seguir un poco el hilo del relato, puesto que la reiteración (¿aliteración se llama el recurso poético de la repetición? Corrijame doctor si me equivoco) me ha confundido en esta ocasión.