14 septiembre 2009

Juventud

Si bien hemos intentado ser más unidos, tendré que confesar que no dió ningún fruto.
César estaba listo para partir esa tarde calurosa de verano y escapar de este pueblo seco, infertil, inproductivo. Tenía la oportunidad de huir, escapar de esta bulla silenciosa, tierra sorda de mujeres fértiles y maridos pescadores, que no tenían otro miedo que pasar de las costas que dibujaba parte de nuestro puerto "sinbote".
Ese era el nombre de uno de los puertos ubicados en el triángulo extrabiado de las bermudas, la perdición y de donde nadie querrá ser residente permanente y si es que se logra descubrir el camino hacia este lado del mar. César era mi novio, un joven aventurero, sin duda de otras tierras, el enjendro extraviado de la comunidad pescadora. El me amaba, de eso estoy muy segura, me lo repetía cada noche antes de demostrarselo en las arenas húmedas de medianoche. No hubiera querido irse sin mi, de eso también estoy segura, pero el sabe que soy muy quisquillosa con las largas caminatas y no soportaría ni un par de horas de extenso camino. Pero es que soy de este pueblo, lo desconocido y las aventuras no van conmigo, esta sangre de pueblo es lo que mantiene atada, sin ir a ningun lado, sin mover más que las manos para lavar la ropa en la asequia, sin rezar mas que para que todo continue igual.
"Me iré , pero regresaré por ti Lucía, soy un hombre de palabra"
ese era mi hombre, dispuesto a cruzar estas fronteras saladas y del que no se sabrá(a menos que vuelva) que le depara en el más allá.
La luna cansada de brillar, alumbraba mi vieja cabaña, pero también me traía los recuerdos de aquellas noches en las que en su presencia, César me capturaba en cuerpo y alma.
Aguas tomentosas, olas que chocan unas a otras y con el plaser de verlas bailar en todos los ocasos. Nuestro escenario favorito es ahora el mio, las olas solo bailan cuando mi atención se pierde en los recuerdos.
En una sola cosa era honesta: el nunca regresaría. Yo sufriré el resto de mi vida por su ausencia. Pero le agradecería no volver, el no pertenece a este lugar, yo lo convencí de que huyera, esa fue mi idea y es lo mejor para los dos.
Algunas madrugadas despierto de una de esas pesadillas que atrapan el espíritu de uno. lo llamamos la pesadilla de un niño, despertamos gritando y sudando a cantaros.
Aun así cierro nuevamente los ojos y de pronto apareces, la imagen nítida que tu forma proyecta a una distancia corta. Has vuelto, sin embargo, mucho más jóven con el rostro birllante y rebosante de alegría. Corres hacia mi, tomas mi mano pálida, arrugada y débil, te escondes en mis cabellos blancos y es allí donde compruebo que tomaste el elixir de la eterna juventud.



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1 comentario:

Torres de manzanas verdes. dijo...

Bellísimo relato, muy suave, muy ávido, muy aromático también. Tiene una fragancia musical, una especie de cercanía al alma sin necesidad de estornudar.

Ahora...

"Algunas madrugadas despierto de una de esas pesadillas que atrapan el espíritu de uno. lo llamamos la pesadilla de un niño, despertamos gritando y sudando a cantaros".

Me alucinó, sinceramente acá tuve que abrir las manos e intentar de desdibujar el sentido de la realidad abstracta, comunicándome con la pesadilla del niño que depura en sus bailes.

El otro lado de la vida, la muerte, nos enseña que detrás del espejo se mueven las ondulaciones corpóreas de sombras que se atreven a desenterrarse de los temores, de todo recuerdo que es el secreto entre los labios y ojos internos.

Bellísimo relato, carajo. Me encantó.
Abrazo elefante.

Paz.
Agus.