07 junio 2009

Depresión post parto

Constantemente observando la pared. Se ve fría, se siente dura al tacto. No es un solo color, son todos. Pero no es blanca la pared. No se sienten cómodos mis ojos viéndote. Es que uno de sus colores me hace mal. Es que otro de sus colores me complace. Es que... me falta algo.
Aca estoy observando la pared. Tengo intensión de abandonar esta actividad, pero... Tengo la sensación de voltearme y pretender irme, pero... No dejo de verte. La pared está ahí constantemente como si no me hubiera movido. Quizás encierra la verdad. Quizás en su interior resida todo. Mis olfato la siente caliente, pero se ve fría. No responde, pero yo hago lo que demanda. Dice que no vaya más allá, que de un paso atrás.
Por momentos da la impresión de estar en un lugar distinto, pero jamás la vi moverse. De a ratos parece estar más cerca y es entonces que más tengo que estirarme para tocarla. La pared, estoy hablando con la pared. Todos quieren opinar, todos quieres sugerir; pero no pueden saber por qué le digo a ella lo que le digo, no pueden entender por qué espero de ella lo que espero. Nadie entiende cómo es que estoy aca hablándole a la pared.
“Te amo” porque lo es todo. No existe nada más. No necesito nada más. Se siente... presente. Junto a mí están los míos que esperan oír sobre mí. Me doy vuelta para explicarles, explicar lo que siento y cómo lo hago y tratar de saber por qué. Me doy vuelta para dirigírmeles, pero ellos no están. Sólo veo la pared. Y siento ese color angustiante y placentero. Doy vueltas tratando de encontrar sentido y olvido cuándo comencé la vuelta.
Y no sé si di la vuelta completa o todavia no termino. La pared inmutable inmuta. Ella sigue adelante mío y parece retroceder y volver a acercarse. Mientras giro, ella está cerca pero de espaldas. La pared me ignora. Me ignora y entonces le comienzo a hablar nuevamente. Me siento ignorado y la culpo, y debe ser toda su culpa. Siento el estomago revuelto. El dolor me dobla la espalda para ver el suelo.
¿Dónde está? Siento que debería estar cayendo. Sin embargo... sigo ante la pared. No sé si caigo. Pero sé que estoy ante ella. Esté yo arriba y más arriba, o esté yo abajo y más abajo, estoy ante ella. Diríase a su merced. En sus manos quizás. En manos de la pared. Contra la pared quizás.
Quizás esté cayendo y deba sentir mis tripas subiendo y dejando un espacio vacío e incoherente en mi interior. Quizás deba rellenar ese espacio con palabras. Pero me resulta imposible hablar. Quizás haya palabras en mi memoria, palabras oídas, palabras dirigidas a mí. Pero entonces... ¿Qué ocurrirá con mis tripas cuando se detenga la caída?
Ella sigue disfrutando el espectáculo y yo sigo bailando. Me encorvo hacia adelante, me estiro y me doblo hacia atrás. Giro mis brazos falsamente. Contorciono mis piernas. Vibro mi lengua en ridículos alaridos. Ella sigue disfrutando el espectáculo. Me agota la interminable actividad. Y ella ríe. No quiero ser motivo de sus risas. Si supiese que está riendo, me detendría seguramente. Pero ella asegura admirar mi desempeño.
Y vuelve a ignorarme... Será que ya no doy gracia. Será que no me retuerzo lo suficiente. Quizás necesite más espacio en mi abdomen. Vaciarlo un poco es una excelente solución. La pregunta es cómo. Cómo acceder al interior de mi cuerpo es una interesante cuestión. Tengo todo el tiempo del mundo para responderla. Tengo todo el tiempo que la pared me de la espalda. Podría considerar dos metodos. Uno es sencillamente convocar mi espíritu y recordarle que cuánto vale. Ciertamente se sentirá insultado y pretendera llevarse sus pertenencias. Así retirará de mi interior lo poco que quede y tendre más espacio para contorcionarme de manera más llamativa.
Dos es más complejo. Acá requiero de un elemento contundente, desde una cuchara hasta un machete quizás. Un elemento capaz de tocar mi cuerpo. No debe ser plano. Con el tengo que hacer contacto con aquello que quede en mi interior y hacer un clásico movimiento de palanca mientras hago presión. Muy similar al uso de la pala. Ahora tengo que decidir cuál de los dos utilizaré.
Ya estoy nuevamente contra la pared. No tuve tiempo de decidir. Quizás el cuchillo sea más veloz pero tendré que sobreponerme a los reflejos de mi cuerpo mutilado. Y ella disfruta el espectáculo mientras yo sigo mutilándome. Selecciono aquello inútil que esté almacenado en mi interior. Ella espera con ansias de ver qué elijo, ella expecta. Apéndice, inútil. Riñon, inútil. Sentido de la realidad, inútil. Hígado, inútil. Sentido de la felicidad, inútil. Mientras libero mi contenido ante la pared, ciertos elementos caen dándome la sensación de estarme elevando, ciertos otros elementos suben dándome la sensación de estar cayendo.
Ya, más vacío que nunca, procedo a continuar mi danza de la humillación. Ella disfruta el espectáculo y yo bailo. Algo que había subido o bajado, no lo sé, hace lo opuesto pasando delante mío. Repite esta actividad constantemente, me distrae. A ella le fascina, hace al espectáculo eternamente interesante pero me distrae. En determinado momento puedo verlo. Ya lo sabía, es uno de los elementos extraídos. Lo veo, es una masa fibrosa convulsionándose sin parar. Lo odio, me distrae.
Se presenta mi oportunidad y no la dejo pasar. De alguna forma, sin interrumpir mi humillante danza, logro darle un certero golpe. Consecuentemente se estrella contra la pared. Las convulsiones ahora me fascinan a mí. Cada convulsión mancha a la pared con su dolor. Yo detengo mi danza. La pared está ahora manchada. Yo siento pena, me falta algo.
Sus colores son placenteros, pero me angustian. No puedo dejar de obsevar la pared. No es blanca, no brilla. Pero... mis ojos no están cómodos viéndote. Pero... mis ojos no dejan de verte.
Mindbleeder JD
Jodido alquimista

2 comentarios:

Lena dijo...

Si, hasta ahora Jere, este es el mejor de tus textos.
Ya te dije que me recuerda a Yer Blues.

Male

Julieta dijo...

me provoca demasiada curiosidad hablar de esto, ¿lo más gracioso?: por ahí ni siquiera lo leas, porque esta entrada es bastante vieja, pero si lo hacés, tenelo en cuenta.